ENA JUANICO
CRONICA DE UN HOGAR
MONTEVIDEANO
CRONICA DE UN HOGAR
MONTEVIDEANO
JULIO LERENA JUANICO (*)
( *) Selecciófi del libro de Julio Lereaa Jaaaicó, “Crónica de un Hogar Montevideano
dorante los tiempos de la Colonia y de la Patria Vieja. Don Francisco Juanicó, su
espesa y sus hijos (1776-1845)". Apartado de la Revísta del Instituto Histórico y
Geográfico del Uruguay, tomos XII, XIÍI y ^V, 1936, 1937 y 1938, respeaiva*
mente. Montevideo, i938. 386 pp.
Origen y alcance de esta
crónica
He procurado reconstituir, aquí, los afanes, las alegrías, las penas,
de un hogar cuyo vivir me parece haber contemplado desde una lejanía
—la del tiempo— y a, través de una niebla de persistentes impreci¬
siones e incertidumbres donde naufragaba, a pesar de mi empeño, una
parte de la verdad.
Para lograrlo, me detuve a considerar, especialmente, la figura del
jefe de aquella familia. Varón singularísimo.
Dado, él, a aventuras náuticas durante los primeros lustros de la
existencia —^segundo piloto a los diez y nueve años; capitán a los
veinticuatro— es, entonces, igualmente propenso a otra suerte de aven¬
turas más personales e íntimas. Y seguirá, por mucho tiempo, rin-
<iiendo culto a la galantería.
Menos consecuente que para con ésta, es para con aquella su pri¬
mera vocación —la de comandar buques de mar adentro— pues la
abandona, de pronto, llamado por las seducciones de la tierra americana.
Desde ese momento será, en ella, comerciante, armador-naviero,
Muñí cipe-Regidor, agricultor, hacendado, administrador de bienes aje-
íios, viajero, viajero siempre.
Levanta fortuna, pero no la oculta en botijos, ni la envía a la
España maternal.
Porque comprende las virtudes del dinero y el. deber de quien
lo posee hacia el medio donde lo adquirió, sabe usar de él con lar¬
gueza, con esplendidez.
Compra pequeños o vastos predios rurales, que formarán masa
con aquellos que la esposa recibió como herencia de sus mayores: en
Montevideo, en Canelones, en el '‘Hervidero" de Paysandá, en Entre
Ríos. Puebla esos campos con ganadería importada desde Londres, desde
Hamburgo; y los rotura y beneficia por mano de colonos contratados
en Italia, en España.
Buques propios conducen los productos hasta los puertos de des¬
tino. Y cuando la Naturaleza hostiliza el tránsito de ellos desde las
márgenes del Uruguay, adquiere en Londres la draga que amengüe ios
escollos del cauce bajo la dirección experta de un ingeniero venido al
efecto (1835).
Con especies maderables y especies frugíferas,' con plantas de
huerta y de jardín, muchas de las cuales eran inusitadas en la región
hasta esas horas: olivos, nogales, avellanos, almendros, castaños, ácers,
"palmas de dátiles de Berbería", bananeros y aun arbustos de café,
moreras blancas para sustento de los gusanos de seda; con norias, ace¬
quias y colmenares; con la pequeña fauna usual en las granjas: con
todo ello creó a manera de oasis de civilización en medio de los de¬
siertos circundantes. Viajeros ilustres alabaron la empresa en sus libros.
Y, en sus cartas, lo hacían amigos que llegaban, desde la otra ribera
del Estuario, para residir temporariamente en la chacra del Miguelete
o en la gran Estancia del Uruguay (56.000 cuadras): los Pueyrredón,
los Sarratea, los Anchorena, los Varela (Juan Cruz, quien, cierta vez,
> £1 distinguido caballero británico don Tomás Samuel Hood dice a Juaoícó,
desde Londres, a 12 de diciembre de 1329: "Le será a Vd. agradable saber que las
naranjas que tuvo la bondad de mandarme a bordo del «Unicornio» duraron no sólo
en buen estado durante todo el viage, sino que presenté algunas de ellas en un' 4»cado
perfecto en mi mesa en un convite que di en Londres el 25 de agosto a las 14
remanas después de dejar a Monte Video, y le aseguro a V. que fueron muy apreciadas".
restauró en el ''Hervidero” k quebrantada salud, allí escribió a don
Bernardino Rivadavia una carta, hoy famosa, "Sobre k manera de tra¬
ducir los poetas ktinos, y especialmente a Virgilio”).*
Porque gusta del conferí urbano, alhaja con el posible lujo, k
vivienda familiar; en cuyo interior coloca, por sugerencia y consejo de
don Juan Martín de Pueyrredón, una cocina económica igual a k que
éste acaba de encargar, pagando algo más de cien pesos a Mess.rs Cutler
& Sons (Great Queen Street, Lineólas In Fields, London), 1821;
mientras, sobre alfombra de lana —de esas que incorporaron al uso
común los invasores ingleses ^ instala un piano "de perspectiva hermo¬
sísima” como "sin duda alguna no se ha visto en Montevideo otro
igual”.
El, para esparcimiento de los contertulios, cantará, junto a ese
"forte-piano”, con "melodiosa boz de .^sochantre” movida por "pulmo¬
nes de fuelle de órgano”, según lo consignarían, más adelante, fieles
camaradas de juventud.
Y seguirá siendo, hombre de negocios, hacendado y agricultor. Y
viajará otra vez, y siempre. Esto último, sea por requerimiento de los
asuntos que le ocupaban, sea por deparar más completa instrucción a
sus hijos, sea por sustraerse a las imposiciones de la política local. Las
cuales, en ocasiones determinadas, le alcanzarán y someterán a difícil
prueba k calidad de su patriotismo: ese patriotismo que se ha trocado,
para él, en localismo, en simple aunque entrañable amor a la localidad.
Siendo esto así, ¿merece baldón de ignominia aquel angloespañol
que sirvió a los dominadores lusitanos —^presumibles áncoras de sal¬
vación contra k "anarquía”, como Miembro de la Junta de Aforos de
Aduana (setiembre 23 de 1818); o desempeñando "con celo, eficacia
y acierto”, por dos períodos y durante cuatro años, la serena función
"tan honorante” de "Juez hombre-bueno” de la "Cámara de Apelacio¬
nes”, "Tribunal Superior de la Provincia” (1818-1822), y la de Vocal
de la "Junta Superior de Real Hacienda y Contabilidad General de la
Provincia” con atribuciones de "Tribunal Mayor de Cuentas” (diciem¬
bre de 1818)? ¿Lo merecerá, igualmente, por haber seguido prestando
su cooperación de ciudadano al gobierno brasileño del general Lecor
en la llamada Provincia Cisplatina, y porque, como tal ciudadano, fue
"miembro del Consejo General de la Provincia” (1824) y, dos años
después. Teniente Prior del Consulado?
Quizá se agregue al acta de acusación contra el jefe de hogar a
quien estamos empeñados en conocer, la circunstancia de que las auto¬
ridades imperiales le otorgaron un título que pretendía aparecer como
honorífico —el de Vizconde del Miguekte— y las consiguientes gran¬
jerias (título y granjerias que desdeñó, tras de lo cual juzgó prudente
radicarse en Buenos Aires desde enero de 1823 hasta febrero de 1824.
Su íntimo amigo don José Batlle y Carreó alude a esta actitud en k
carta que se incluirá entre los "Apéndices” de este trabajo).
Sin duda, la incesante mutación de banderas habida en este te¬
rritorio, ejerció acción perturbadora sobre todas aquellas almas que no
poseyesen la contextura excépcionalmente recia de la de Artigas. Las
otras, las menos firmes —^heroicas, algunas; sabias y santas, ciertas de
ellas; ciegamente utilitarias, las más— buscaban ansiosamente, en cada
nuevo color, una esperanza de paz, de orden, de ventura. Y se afana¬
ban, no ya por un ilusorio símbolo, sino en pro de la realidad tangible:
forma positiva de amor.
Dentro de alguna de esas categorías habrá de incluirse, y no en
la peor, ciertamente, k posición mental de aquel hombre que era idea¬
lista a su modo y lo era según natural idiosincracia.
Desde elk, él respondió afirmativamente ai llamado que le for¬
mularon ios patriotas orientales de k segunda guerra por conducto de
don Francisco Joaquín Muñoz, Ministro de Hacienda del Gobierno
* Coa este titulo la publicó la ‘Reviíra cel Río de la Plata", que dirigían Juan
María Gutiérrez, Andrés Lamas y Viceoce F. López, ea Buenos Aires. T. UI. págs,
405 y sigts. £l mismo Varela, agracecico por el trato amable que recibe en el
"Hervidero", asi lo expresa a Juanicó ea ccrcés misiva que le dirige, desde allí,
con fecha enero 8 de 1836.
* "Los ingleses introdujeron parcialmente, entre los habitantes, el uso de las
alfombras de lana", asegura el autor anónimo de las Notes on the Viceroyalty of La
Placa in South America, by a Gentleman recencly returned from ic. London 1808.
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Provisorio que presidía Rondeau; quien solicitaba su opinión, con la
de otros, "sobre el plan de Hacienda que debe servir al Estado de Mon¬
tevideo’* (enero 12 de 1829). En octubre 26 del propio año, el mismo
Gobierno le nombró integrante de la Comisión General de Estadística.
Y, pocos días habían transcurrido, cuando se le designaba Juez Colega,
de acuerdo con las prescripciones del Reglamento Provisorio de Ad¬
ministración de Justicia. El voto público le llevó, luego, a la primera
Junta Económico - Administrativa de Montevideo, cuya Presidencia ejer¬
ció de pleno derecho —con lucimiento notable, según lo comprue¬
ban las respectivas actas— por haberse reunido en su persona la inmen¬
sa mayoría de los sufragios (toma de posesión del cargo: setiembre 4
de 1830). Y, llegado el 18 de agosto de 1831, el presidente Rivera y
sus ministros José Ellauri y Gabriel Pereira, le llamarían en "Comisión
Consultiva”, conjuntamente con don Juan Francisco Giró, don Santiago
Vázquez, don Antonio Luis Pereira, don Francisco Llambí, don Ale¬
jandro Chucarro, don Ignacio Oribe, don Pedro F. de Berro y don Fran¬
cisco A. Vidal; de quienes, por "su ilustración y patriotismo”, reclama¬
ban aquéllos el concurso para efeaos relacionados con la sección guber¬
namental.
Si el espectáculo de las distintas banderas que se sucedieron o
coexistieron en la Banda Oriental, no conturbó mucho el espíritu de
aquel laborioso habitante de ella, menos aún había de conturbarlo el
de las banderías que la asolaron reiteradamente. Ello le valió la cor¬
dialidad de Rivera, como la de Lavalleja, como la de Oribe.
Buen amigo de todos, para todos, tuvo siempre "el corazón en la
mano, y la mano en el bolsillo”.
Algunos de aquellos que a su generosidad acudieron largamente,
con él se mostrarían, bajo el influjo de insignificante contrariedad, ol¬
vidadizos e ingratos.
Yo no he hallado, después de esto, huella alguna de rencor. Y
hasta pienso que diese, al incurso, la callada por respuesta. Cierto estoy
de que restablecería el equilibrio del alma, en la amplia complejidad
del "Hervidero” o en "las delicias del Miguelete”.
Acaso él, al retornar a las frondas de su quinta suburbana —donde
había de morir— dirigiera, mentalmente, a su enemigo novel, las fra¬
ses de renunciamiento melancólico con acentos como de discípulo de
Cincinato que tuvo —allá hacia 1807— para el viejo y fiel amigo a
quien congratulaba por un adelanto en la carrera militar:
"Vmd. ha escogido la ocupación de las armas, cuando yo la hu¬
milde del hortelano. Una y otra las considero necesarias; la última
para dar el alimento de todos; cuya, la considero más propia, pues
algún fruto debe quedarme, cuando a Vmd. ninguno”.
Para él mismo, ese fruto consistió, por sobre otro cualquiera, en
la estimación pública.
Bien: pero aquella casa en cuya actividad íntima he creído pe¬
netrar, no había de ser evocada aisladamente, como ajena a toda aglo¬
meración de otras, como si estuviese erigida sobre un yermo. No podía
concebírsele sino según fue en la realidad de un día: elemento del
conjunto más o menos grande de otros habitáculos donde hubo tam¬
bién labor, donde también hubo lágrimas, donde asimismo hubo risas;
conjunto animado por el interés de cada cual y por el interés solidario
de todos.
Y esas vidas particulares y esa vida pública, hoy pretéritas, cons¬
tituyen, a ojos del presente, la Historia.
He aquí la razón por la cual, según resultará luego, me he visto
forzado a entrar en la maraña imponente y atractiva que es ésta.
Ante ella me he hallado, pues, sin dominar debidamente el ma¬
nejo del instrumental que abre las sendas por donde deba atravesársele;
sin haber adquirido la pericia del orientador que conoce bien los jalo¬
nes o hitos señaleros del rumbo, y que es apto para interpretar im¬
previstos hallazgos.
Estas planas donde, inicialmente, tan sólo pretendí estabilizar flo¬
tantes recuerdos de un núcleo social antiguo, para mantener el culto
de ellos en el seno de la descendencia de aquél; estas planas —exce¬
didas mis intenciones, ahora, y merced a los motivos apuntados— se
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han ido conviniendo en capítulo que aspira a contribuir discretamente
a la pequeña historia de una ciudad.
La modalidad adquirida por ellas así, viene a conquistarles el ines¬
perado honor de verse incluidas entre las páginas rigurosamente técni¬
cas de la “Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay”.
Ulteriormente, y amparadas por el prestigio que recibieron, tal
vez lleguen a asumir la forma de libro. Libro de intimidad, ante todo.
J. L. J.
Capítulo II
Nuevas actividades - Negocios -
Hispanos e ingieses - Monopoiio
y iibertad de comercio
He aquí, pues, que don Francisco Juanicó se ha matriculado co¬
mo comerciante, en Montevideo, a fines del mes de diciembre de 1801.
“Negociante”, le llaman algunos. Existe una diferencia de matiz entre
estos sinónimos. De acepción más restringida, el primero, es el segun¬
do —^por su mayor amplitud— el que mejor conviene para caracterizar
la acción varia e intensa que Juanicó desarrollaría durante cuarenta y
cuatro años.
¿Cuál era el giro de esa actividad? ¿Limitábase a la venta o al
cambio de mercancías, a la importación de efectos naturales o manu¬
facturados y a exportación de frutos también naturales, o industriali¬
zados rudimentariamente?
Evidentemente, no. A poco que se haya recorrido con los ojos
el fragmentario relicto de la documentación pertinente, se advertirá el
vario ajetreo del escritorio abierto acá por el ex-marino y donde los
diversos amanuenses, bajo el ojo avizor de don Rafael De María,
llevaban cuentas puntualísimas que eran ejemplar de disciplina y
método.
Allí se practicaban, según parece las operaciones propias de una
agencia de cambios, las de una oficina de transacciones sobre bienes
raíces o administración de ellos, tramitaciones judiciales, albaceazgos,
procuradurías. Los poderes otorgados a Juanicó por personas radicadas
dentro o fuera de los límites de la gobernación y de que quedan no¬
ticias, constituyen sorprendente cantidad.^ A veces, extinguida la vida
del mandante, eran confirmados p>or sus hijos: así, el caso de la familia
Sobre Monte; en algunas ocasiones, después de durar lo que la exis¬
tencia del mandatario, los hijos de éste eran requeridos para que acep¬
taran la representación. El elogio está en todas las plumas, como estaría
en todos los labios.
^ £a prueba de este aserto, y presciadieado de otros aludidos ea la correspon¬
dencia, me limito a enunciar aquéllos de que se conserva el respectivo instrumento:
Francisco Trelles, Montevideo, setiembre 27 de 1808. José Alberto Cárcena y Echeba-
rría, Intendente del Ejército (Buenos Aires, diciembre 19 de 1811). Alejandro Alvarca.
Río de Janeiro, setiembre 21 de 1818. Marquesa de Sobre Monte, Río de Janeiro.
Marzo 11 de 1817. Marqués de Sobre Monte, quien pide al Escribano inserte esu
frase de honor para el mandatario: "por confianza que ofrece a S. £. su proceder y
honrado concepto". Hijos e hijos políticos del ex Virrey: Marcos, Rafael, María Mer¬
cedes y Juana de Sobre Monte. Francisco López de Omaña y José Primo de Rivera,
Madrid marzo 27 de 1821. Dr. Cristóbal Manía de Momúfar. mayo 11 de 1824 en
Buenos Aires. Dr. Julián Segundo de Agüero, Buenos Aires abril 28 de 1823. Simón
del Pino. Montevideo, febrero 14 de 1832. José María de Ella. Buenos Aires, marzo
23 de 1841. Manuel Basilio Bustamante, Montevideo, enero 27 de 1843. Entre los
aludidos en correspondencia, está el de don José Batlle y Carreó (carcas de julio
de 1823).
90
taojar*
Así, es de ver (de leer, habría que decir), la desazón en que
caen quienes le han confiado la gestión de negocios e intereses, cuando
don Francisco, necesitado de contraerse a los propios —^hasta absor¬
bentes—, habla de renunciar a aquélla. '‘Nos es sensible que la admi¬
nistración salga de sus manos’' —^le dice el Marqués, en enero 17
de 1823— “deseosos de que la retuviese, especialmente cuando cesó
la causa principal que le obligó a dimitirla” (causa de orden político)
“por la experiencia que tenemos de la actividad de Vd., y lo que ha
contribuido con su crédito, y habilidad a sostener esas posesiones, nunca
más necesaria que ahora...”.
“He temido, días ha, el estado de aquella Plaza, y la noticia de
Partidos, emigraciones, y baja de alquileres”; —escribirá, algo después,
noviembre 23 del mismo año— “pero aún he temido más la separa¬
ción precisa de Vd.”.
Y, en agosto de 1825, luego de las habituales lamentaciones su¬
geridas por las noticias siempre alarmantes que le llegan desde Mon¬
tevideo: “...todo, amigo mío, influye a que Vd. no se me separe”.
Y, aun: “Ya no me queda qué decir a Vd., sino... ratificarle que es
suyo su afectísimo agradecido amigo y Servidor que B, S. M. llevando
sólo a mal el tratamiento de cumplido”.
Todos los miembros de la familia de Sobre Monte le expresan,
semejantemente, consideración y cariño. Véanse, sino, los sentimientos
de dos de los yernos del ex Virrey, —don Francisco López de Omaña
y don José Primo de Rivera— según aparecen en el párrafo de una
carta del primero, escrita en Madrid el 21 de enero de 1825:
“Se habla ya del reconocimiento de la independencia de las
Américas por la nación inglesa y otras; y esto puede influir lo su¬
ficiente a dar consistencia a esos Gobiernos y más seguridad y precio
a nuestras posesiones: de todos modos, mientras Vd. nos viva y no
las deje de su mano, como decía Primo, nada tenemos que recelar,
porque estamos seguros que las mirará como propias”.
>
Sentir confirmado en este otro período de la fechada en marzo
de 1826:
“Por las noticias que aquí tenemos veo se va haciendo destruc¬
tora y larga la contienda entre el Emperador portugués y el Gobierno
de Buenos Aires, y me temo un desastre por nuestros intereses. Sólo
nos consuela la esperanza de que están confiados al celo y sabiduría
de Vd..
»
Corroborando de la de Omaña, arriba extractada, habla el suegro;
desde Puerto de Santa María, el 2 de febrero de 1825:
“No tengo que añadir a lo que dice Omaña en la que incluyo,
para repetir a Vd. mi buena voluntad, esperándolo todo de la suya.
Sabemos por los Periódicos lo que hay de miseria en ese Pueblo,
tan apropósito para riqueza y ventajas que tiene sobre otros en ese
continente; esto me hace temer alguna baja de alquileres; pero como
Vd. hace milagros en su Administración, aun confío...”.
Otras cualidades alaba Sobre Monte en su representante legal,
cuando cree descubrirlas en el hijo de éste, Carlos; quien, por man¬
dato paterno, ha ido a tomar ejemplarizador contacto con las grandes
civilizaciones europeas y que, obedeciendo a especiales instrucciones del
mismo, se ha llegado hasta Puerto de Santa María con mensajes de sa¬
lutación para la familia del antiguo Virrey. Quien así se expresa:
“Cádiz, 16 de Diciembre de 1825.
Mi muy estimado amigo: el de este mes tuve la satisfacción
de conocer a su hijo de V. Dn. Carlos excelente Joven en lo que
pude concebir en un corto momento, pues me encontró con todo
liado para trasladar mi residencia a esta Ciudad de Cádiz, y al si¬
guiente día se puso en marcha para ella; yo le ofrecí lo poco que
valgo, por mi obligación y por mi afecto a su buen Padre: se lo
repetí muchas veces... pero no me ocupó, y acá quedamos con el
sentimiento de no poder desahogar nuestra voluntad: a la verdad
no niega la pinta ni su educación. .
91
Capítulo IV
Actitud de Juanicó ante el
invasor inglés
Probado está que don Francisco se contaba en el número de los ibé¬
ricos, que instados por conveniencias de orden material, preferían mer¬
car con el intruso portador de cosas bellamente fabridas, antes que con
el rutinario productor connacional. Y ya se ha advertido que esos ibé¬
ricos formaban legión en ambas márgenes del Plata.
A buen seguro que, en ellos, —a pesar de la actitud asumida en
la emergencia— se mantenía incontaminado y vivo el amor patrio:
hermanos en Dios, que no en la pitanza. G>n todo, Juanicó fue sos¬
pechado de faltar a él: ‘'Querido amigo" —expresa al Teniente Coro¬
nel Graduado del Batallón de Andaluces, don José Francisco Rivero,
en agosto 5 de 1807—:
"Bien conoce V. las malas lenguas del vulgo con quien nos
hallamos envueltos y lo que sin motivo han hablado, por lo cual
no trato nunca con ingleses, y si antes lo hice con los jefes, por el
maldito Cabildo no he tenido otro remedio. Así es que por mi
parte será imposible que yo pueda proporcionar ninguna ventaja a
su recomendado, lo que me es sumamente sensible".
Y a don Luis de Herrera, en igual fecha:
"A los dichos de personas ignorantes les doy el desprecio que
merecen, pues mi proceder no puede sino adquirirme elogios de las
personas sensatas".
Hoy sabemos algo de cuanto dijeron entonces "las malas lenguas
del vulgo" que "sin motivo han hablado"; algo, de los "dichos de per¬
sonas ignorantes” a los cuales el aludido oponía el desdén propio de
quien tiene conciencia de haberse conducido rectamente.
Capítulo X
Juanicó ante el fluir de ios
acontecimientos
Fue relativamente exigua la figuración de mi biografiado en el
orden de las actividades públicas. Así resulta de cuanto va referido hasta
aquí, y se confirmará en la relación que subsiga.
Ello, no porque a aquél le faltaron natural inteligencia ni cultura
varia (ambas excelentes en él); no porque careciese de carácter o de
laboriosidad —que tuvo en sumo grado—; no porque las autoridades
dispensadoras le rehusasen empleos ni porque los convecinos le negasen
sufragios, cuando a éstos les cuadraba decidir, pues las primeras le
dieron siempre el más amplío testimonio de confianza y consideración,
mientras los segundos le otorgaban delegaciones y poderes.
Otra fue la razón, la cual radicaba en que, a la instancia externa
—la de los gobernantes, la del amigo, la del familiar— se sobrepuso,
casi siempre, la repugnancia íntima por los ajetreos de la política, el
desdén por la figuración.
92
Sus cartas de entonces rezuman constantes protestas contra Gestal
y demás amigos culpables del "desaguisado” de su nombramiento; pro¬
testas seguidas de declaraciones de no aceptar empleos similares. Bso
ocurrió en dias de juventud para él. Pues bien; luego veréis cómo, en
hora provecta, él mismo declina la ofrecida candidatura al Consulado
General de España.
- Al ambiente regimentado y ceremonioso de las oficinas, él ante¬
ponía la libre y áspera brega de los negocios en la que intervenía
asistido de aguda visión y de capacidad para las determinaciones ágiles.
Gentes ubicadas en puntos diversos del continente americano y aún en
Europa, solían consultarle, como a asesor avezado, sobre asuntos que
hubieran de cumplirse en el Río de la Plata, y hasta le investían del
respectivo mandato para el caso. El hallaba, así, motivo o pretexto
para dar suelta a su otra vocación fundamental: la de los viajes,
la del mar subyugante.
Como a ese tralago, él gustaba lanzarse al de las empresas agro¬
pecuarias, concebidas con largueza y atrevimiento: ya solo, ya en com¬
pañía una o múltiple —adquisición de vastas zonas de campo; pobla¬
ción de las mismas con ganadería importada, plantaciones y laboreo
por mano de colonos traídos al país exproleso, y mediante instrumental
moderno que no vacilaba en comprar en el extranjero: aún mismo
una draga, si la Naturaleza se oponía a sus planes.
Han llegado hasta mis manos varias escrituras de contrato con¬
ducentes a tales explotaciones y en los que, sin excepción, la función
directriz le es discernida.
Nos hemos impuesto de cómo juanicó, apenas rechazado el in¬
vasor británico y antes de la llegada del nuevo V irrey don Baltasar
Hidalgo de Cisneros, manifestaba simpatías por el Virrey interino Li-
niers: conductor de la Reconquista y, por ende, procer plácense, en
quien —^merced a motivo tan insigne—. había venido a recaer la
investidura de la autoridad hispana.
El antiguo nauta y Regidor reciente prefería, entonces, continuara
en el solio virreinal, el héroe ungido por el amor de un pueblo ya
iniciado en los halagos del self governement.
Constituiría un error peligroso, en su concepto, la sustitución de
aquél por un representante del españolismo rancio. Contra éste se con¬
citarían, primero, la desconfianza, y, luego, la cólera de los nativos
prefíotentes. En cambio, Liniers era el señalado por el Destino para
oficiar de hombre-puente entre dos tiempos; de hombre-eslabón entre
dos sociedades distintas: la una nacida de la otra.
Yo reconstruyo, en hipótesis clara, el razonamiento del entonces
Regidor:
"Liniers acaba de cubrirse de gloria al rescatar las provincias de
que Inglaterra se había apoderado.
"España ha correspondido a tal proeza mediante un premio in¬
signe: le ha nombrado Virrey del territorio platense, con lo cual ha
alborozado a los pobladores del mismo,
"Entretanto, la suerte de la Madre Patria ha quedado a merced
de Bonapane. ¿Por cuánto tiempo? ¿Para siempre?
"Ciertamente, Liniers es, por el nacimiento, compatriota del usur¬
pador; pero es, también, íbero, por la alta función que desempeña; y
es, asimismo, criollo, por el amor que profesa a los nativos y por el
amor con que los nativos le retribuyen.
"De ahí, nace su misión providencial. En sus manos está la suerte
de los hijos de estas tierras. El será su caudillo, y los conducirá hasta
la independencia absoluta, si ello es necesario".
Porque pensaba así, es que Juanicó, después de escribir, en nor
viembre 18 de 1807:
"Es sumamente agradable a todo este Pueblo la noticia del vi¬
rreinato interino recaído en Liniers..
después de estampar en los mismos días:
"Todo este pueblo se ha alegrado infinito de que haya recaído
en Liniers el Virreinato Interino y solo deseamos benga cuanto antes
confirmado en propiedad..
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se arriesga a decir (en febrero 17 de 1808):
"Todo este Pueblo se ha alegrado de que tengamos a Liniers
por Virrey en propiedad y esperamos que ahora sabrá sacudir el
yugo".
Sí, el historiador Berra, en época reciente, no juzgaría de otro
modo:
"Los americanos... pensaban que si España tenía el derecho
de aceptar o de rechazar a Eonaparte, la América tenía, por lo me¬
nos, el de pronunciarse según su propia voluntad, y el de aprovechar
los sucesos para asegurar su autonomía; y, en tal concepto, se in¬
clinaban a hacer de Liniers el jefe de los intereses americanos del
Río de la Plata".
En cierta hora —inmediata a la del triunfo— Liniers es ei adalid
de una causa común a españoles y a americanos; y es, por ende el
"candidato popular" al Virreinato.
Mas, impensada ocurrencia velará pronto el lustre de esa aureola;
la llegada del emisario imperial Marqués de Sassenay "con funestas no¬
ticias” referentes al derrocamiento de la dinastía borbónica y la sus¬
titución de ésta por la de Napoleón en el trono de España (arribo a
Montevideo: agosto 1®; ídem a Buenos Aires: agosto 13 de 1808).
El flamante Virrey incurre, entonces, en la indiscreción de man¬
tener una conferencia secreta con su compatriota, después de haberle
recibido pública y solemnemente.
Suponiéndole, por esto, traidor a la. causa nacional, los penin¬
sulares truecan, al punto, la amistad que le tenían en hostilidad furiosa.
Allí, el Cabildo, con Alzaga al frente, dirigirá la oposición.
El de Montevideo, en consonancia con el Gobernador don Fran¬
cisco Xavier Eli o, se erige en actitud aún más violenta. Así, se abstiene
de consultar al sospechado Virrey para efectuar la proclamación de
Fernando Vil, nuevo monarca por derecho, aunque no en efectividad,
pues se halla prisionero del "tirano Buonaparte"; así, si bien da el
trámite correspondiente al oficio virreinal que contenía el nombra¬
miento del Capitán de Navio don Juan Angel de Michelena como
reemplazante del coronel Eli o en el gobierno de Montevideo, en el
mismo día 20 de setiembre anula su propio reconocimiento a título
de que
'noticioso el Pueblo del precedente acuerdo se había tumultuado y
conmovido como lo daban a entender la concurrencia, algazara, y
otras demostraciones que dexaban sentir a las puertas y ventanas
de la Casa Consistorial, de todo lo cual pudo imponerse el Señor
Governador interino Don Juan Angel de Michelena que se hallaba
presente, como dicho queda, resolvieron informarse por sí mismos
de las pretensiones del Pueblo y causas que le impulsaban a los in¬
sinuados movimientos y pudiendo comprehender que estaban resuel¬
tos a empeñar cualesquiera tentativa antes que consentir en la Depo¬
sición del Sr. Gobernador Don Francisco Xavier Elío y sobre todo
que solicitaban se celebrase un Cabildo abierto para deliberar sobre
tan importante punto..
El cual "Cabildo Abierto" —o sea, asamblea extraordinaria del
Ayuntamiento, con participación del pueblo mismo en ella, mediante
voz y voto expresados por boca de representantes inmediatamente ele¬
gidos para el caso—, se realizó al siguiente día y significó, por su
eficiencia, tanto como el primero y más completo ensayo de libre de¬
terminación que realizara un pueblo, al igual de los otros del Conti¬
nente, pero que constituía la primera experiencia de gobierno propio
efectuada en Sud América. Ello, a pesar del propósito de mantenerse
leal a Fernando VIL
En la oportunidad, el Gobernador, las autoridades comunales y
los ciudadanos mismos unificaron pareceres en el sentido de señalar,
en Liniers, el enemigo de todos; así, los españoles de España como
los españoles de América, según les llama el Presbítero don José Ma¬
nuel Pérez Castellano.
Aquél es imputado de traidor, y contra él se pide una expulsión
oprobiosa. El hasta entonces ungido por la justificada simpatía de las
multituies, es tenido ahora por perjuro. Es acusado de infidelidad al
Rey, el servidor, el que en breve sacrificará su vida por la causa del
Rey cristianísimo.
Después de acontecimientos tales, ¿el virreinato de Liniers pudo
seguir siendo "sumamente agradable" a toda la población, o sólo con¬
tinuó pareciéndolo a una parte de la misma: la de los nativos y los
hispanos identificados con ella?
¿Cuál fue la actitud de Juanicó, con ulterioridad a semejantes
sucesos imprevisibles en el momento en que escribía, y cuál fue, sobre
todo, la que adoptó cuando supo que la Junta Suprema de Sevilla
había nombrado, en febrero de 1809, a don Baltasar Hidalgo de Cis-
neros para reempla2af a Liniers; cuando aquél, en junio 29, llegó a
Montevideo, donde permanecería hasta julio 5; cuando, previa estancia
en Colonia, entró, con la ceremonia de estilo, a la capital de su go¬
bierno' (julio 29)?
¿Siguió pensando que Liniers había de ser el agente de conci¬
liación necesario entre la causa de España y la de América, cuya
diferenciación ya comen 2 aba?
¿O se avino, acaso, a la solución que se pretendía imponer al
conflicto planteado y según la cual sólo se contemplaba uno de los
factores del mismo: España, solución encarnada en la persona de Hi¬
dalgo de Cisneros?
No era posible que tal sucediera. Hombre inteligente y dúail,
Juanicó ha de haber adoptado una posición nueva ante los términos
también nuevos del problema. Si, para la mayor parte de la población,
"el francés" llegó a ser objeto de prevención y odiosidades, no es creíble
que Juanicó siguiera cifrando en él sus desinteresadas aspiraciones de
buen gobierno. Pero tampoco lo era el que ese hombre de mentalidad
ágil y ajena a la coerción de todo tradicionalismo, atribuyera al puro
representante de éste —Cisneros— la aptitud para una acción armó¬
nicamente moderada y capa 2 de conducir efica2mente las energías de
las nacionalidades que nacían.
Para los espíritus simplistas, no existían dificultades. Todo se
allanaría con acatar cuanto a Don Fernando VII "El Deseado” -—o a
quien reinara en su nombre— pluguiese mandar. "Palo y tente tieso”:
he aquí la palabra de su orden.
Don José de Obregón —^uno de esos espíritus— ha acogido con
alboro 20 la llegada del Exemo. señor don Baltasar. Y ha polemÍ 2 ado,
al respecto, con su amigo montevideano. Procura convencerle en cuanto
a que ese nuevo mesías también operará milagros. Y empie2a por in¬
currir en el mismo error padecido por el camarada: el de suponer que
opiniones y sentimientos propios son compartidos por el común de
las gentes.
He aquí lo que expresa a éste en una de las pocas pie2as con¬
servadas de una correspondencia que parece haber sido copiosa:
"Buenos Aires, Julio 29.
Mi querido amigo: me había propuesto decir a Vd. mucho hoy
pero ya no me es posible; porque avisan está a la vista el bergantín
Belén conduciendo al Señor nuevo Virrey; corren en este momento
tropas y pueblo hacia el muelle gritando viva Cisneros; ansiaban su
arribo, no tenga Vd. duda, ni tampoco en que será recibido con
entusiasmo y magnificencia. El Correo próximo detallaré a Vd. todo;
fui a presentarme a la Colonia y se me previno esperase aquí a su
Exc. Reserve Vd. esto...
Llegó el encargo que Vd. me ha embiado, pero sin una sola
letra. Adiós, mil cosas a Juliana y crea es suyo de corazón
J. de Obregón
P. D. Digo a mi Compañero Garmendia enseñe a Vd. lo que
le escribo”.
Otra de las cartas que quedan está fechada nueve meses y veinte
días más tarde, o sea el 19 de mayo de 1810: seis antes de aquel que
señalaría un cambio de frente en la historia del Plata, en la de Amé¬
rica, y aún en la de España.
He aquí su texto, que alude veladamente a ocurrencias de orden
político y a algunos de los hombres que eran parte en ellas:
95
‘’Mi amado Juanicó: Supongo habrá orientado a Vd. ya nuestro
común amigo J, V. de las advertencias amistosas que le previne
hiciese a Vd, para conciliar precaverse de algún disgusto sucesivo;
nada directo había aquí, ni hay contra Vd.; pero siempre considero
bien expuesto la preparación contraria de un jefe, pues aunque ca¬
rezca de fundamentos para hacer mal, conseguiría hacer , mucho, con
negarse a lo puramente graciable que se le exija; y por lo tanto lo
considero temible para enemigo; en cuya inteligencia pido a Vd.
por su bienestar y mi placer en ello, no vuelva a prestar su firma
para nada jamás, y que se amuelen las almas despreciables que
quieren sacar el ascua con mano ajena. ,
Sigue aquí una digresión de carácter íntimo, la que, por curiosa,
merece ser conocida:
‘‘Necesito con urgencia por mi linda plata un negro para ser¬
virme a la mano con las cualidades siguientes: 12 a 14 años, bien
formado y bonito de cara, porque no quiero me rodee nada feo; si
sabe ya hablar algo en nuestro idioma, el Ponugués, o el Inglés,
mucho mejor; los Ingleses suelea deshacerse de los que tienen para
irse a Inglaterra, y puede Vd. tener proporción de adquirir algo
ya desasnado; en fin Señor mío, yo quiero un criado sin vicios
conocidos (nada de criollo, español ni Portugués) con las cualidades
indicadas, y la esencialísima de que sea barato, porque mi pigmeo
erario está para pocos embites; confío en Vd., seguro de que nada
omitirá para servirme, y pronto”:
Tras estos párrafos, hay una frase referente al tema primero:
“Ni siquiera oir hablar de noticias después de las que sabemos
desgraciadas; mil cosas a Juliana con infinitos besos al hermosísimo
rubio y adiós buen amigo siempre de
J. Obregón”.
Del texto transcripto resultaría que Juanicó —^bajo la sugestión
de alguien de “alma despreciable que quiere sacar el ascua con mano
;ijena’'— hubiera firmado cierto escrito capaz de suscitarle la enemis¬
tad de un jefe temible como enemigo. Obregón se explica a medias
palabras, en el sobreentendido de que el amigo común J. V. le habrá
hecho, ya, las advertencias con que él ha querido orientarlo.
Me inclino a creer que ese J. V. fuese don Jacinto Vargas, con
quien Juanicó cultivaba relación. Y si algo impide mi convicción abso¬
luta sobre el particular, es la circunstancia de que el Secretario de
Cisneros vino a Montevideo recién el 24 de mayo, siendo así que
Obregón, cinco días antes, está persuadido de que ya J. V. habrá cum¬
plido la comisión que le diera. Cabe, eso sí, la posibilidad de que
J. V. se hubiese expedido por carta.
Ello fue que Juanicó, inspirado en el amor a las tierras donde
liabía fundado el hogar propio y sin concebir que ese amor fuese re¬
putado incompatible con el que sentía por la de origen, entendía que
se había de encarar el conflicto iniciado poco ha entre aquéllas y ésta,
con criterio flexible y transigente.
Esas cualidades de espíritu le llevaron a no adoptar actitudes de
rebelde y aceptar —^ya que no a aprobarlas todas— las soluciones
dictadas por la “Junta Suprema Central Gubernativa del Reino”, la
cual, con tratamiento de “Majestad”, dictaba sus providencias desde
Sevilla.
Disipadas ya aquellas sus ilusiones que encarnaron un día en
Liniers y que habían ganado a muchos de sus convecinos, él se so¬
metió, de buen talante, a las realidades impuestas por las circunstancias.
Avenido al fin, pues, con las autoridades de procedencia más ge-
nuina, éstas le incluyen en la
“Lista de los vecinos que deben acompañar a caballo al Paseo del
Estandarte Real la víspera y día de los Santos Patronos de esta Ciu¬
dad: Don Mateo Magariños-Don Francisco Juanicó-Don Félix Mas
de Ayala-Don Félix Maza-Don Juan Méndez Caldeira o su hermano
Don Jo§é Silba-Don Miguel Conde-Don Juan Vidal y Batlla-Don
Antonio Arraga-Don Juan Manuel de la Serna-Don José Gereda-
Don José Garcés-Don Jayme lUa-Don José Batlle-Don José Costa.
Marzo 11 de 1809”
21
Incuestionablemente, fincaban en la intransigencia irreductible del
marino de guerra, ya que no en la característica ductilidad de su "siem¬
pre buen amigo” el marino mercante, las divergencias de orden político
surgidas entre ambos. No había derecho para exigir del último, mayor
radicalismo del ostentado por quienes propiciaban el reconocimiento
de la Junta porteña.
Es sabido que tal reconocimiento y el consiguiente envío de un
diputado a ella eran aconsejados por el mismísimo Cisneros y fueron
decididos por el cabildo abierto que se realÍ 2 Ó en Montevideo pocos
días más tarde, o sea en 1*^ de junio; resoluciones inspiradas en la
creencia de que dicha Junta representaba el genuino espíritu de la
patria española, acéfala, entonces, por haber quedado a merced de
las huestes de Bonaparte.
Notorio es, igualmente, que Montevideo revocó esa adhesión suya
al nuevo gobierno bonaerense, cuando se convenció de que las causales
invocadas para su erección carecían de fundamento o lo habían per¬
dido; mutación cuyo origen está en "la plausible noticia de la instala¬
ción del Supremo Consejo de Regencia de España e Indias y medidas
enérgicas que adoptaba aquel sabio Tribunal para destruir los inicuos
proyectos de los franceses” (Acta capitular de la fecha).
Esa determinación nueva fue tomada por el Cabildo abierto del
siguiente día 2 de junio; el que "enteró al Pueblo de esta novedad
habiéndose leído en público una proclama de la Junta Superior de
Cádiz dirigida a los Pueblos Americanos, y un grito general de la
Asamblea determinó que se reconociese el Consejo de Regencia solem¬
nizando el acto de salvas de Artillería, repiques de campanas, ilumi¬
nación general y Te Deum, y que se suspendiese toda deliberación
sobre el nombramiento de Diputado y demás puntos acordados en la
sesión anterior hasta ver los resultados de dichas noticias en la capital
de Buenos Aires: Todo lo que fue puntualmente ejecutado y comu¬
nicado al Gobierno de la Capital en contestación a sus oficios ante¬
riores” (Id.id.).
El vértigo de los acontecimientos traía el desconcierto general:
en Juanicó, como en los demás hispano-platenses. Nadie podía jactarse
de poseer la llave de la verdad.
Sin embargo, no faltaba quien estuviese convencido de tenerla.
Algún fanático, naturalmente. Y puesto que, por el fanatismo, así
como por la revelación, se manifiestan las verdades secretas, he aquí
que quienes se hallaban en tal situación de espíritu, veían con claridad
aquello que permanecía oculto para los demás.
En ese caso estaba el autor de la carta que se leerá a continuación,
carta preciosa en extremo, como que la llena el relato ordenado y
minucioso de los acontecimientos determinantes del nuevo orden de
cosas.
Según pudo advertirse, no lleva firma; lo cual se explica por la
naturaleza de los hechos narrados y por la precisión de esconder opi¬
niones en que se veían los partidarios del régimen virreinal frente a
la autoridad insurgente.
Por lo demás, es evidente que el autor no ha desfigurado su letra.
Quien correspondiera habitualmente con él, conocería pronto su pro¬
cedencia. Yo mismo, lector lejano, me atrevo, por confrontación de
manuscritos y con posibilidad de acierto, a identificar a aquél. El cual
no sería otro que don Ramón Manuel de Pazos.
¿Qué importancia tenía ese hombre en el momento? El "Libro
de Tomas de Razón” (Arch. Gen. de la Nación Arg., 1925), no le
atribuye gran jerarquía militar, entonces, o, por mejor decir, en di¬
ciembre 14 de 1808, fecha de la promoción al empleo de 2® Coman¬
dante del Regimiento de Infantería Ligera del Río de la Plata; última
consignada en ese Registro. ¿Alcanzó posición más elevada, antes de
mayo de 1810? No lo sé. ¿Siguió otros estudios, ajenos a la profesión
de armas? Podría, quizá, inducir a pensarlo cuanto le dice "su más
amado amigo” don Francisco Juanicó en los párrafos que extracto a
continuación:
97
''Setiembre 9 de 1807
G>a sumo gusto he leído el discurso de V. de fecha 5 del co¬
rriente cuyas observaciones solo son propias de un muy buen abo¬
gado y no caerían bien en un militar a no considerar que en este
hay capacidad para uno y otro como la experiencia lo uene demos¬
trado» lo cual por la parte que me pertenece me llena de gozo../’
Setiembre 16:
' Siento infinito me diga V. le hago burla en el singular cum¬
plimiento de las dos carreras que a un mismo tiempo se dalla V.
cjeraendo; pero crea V. lo que quiera lo cierto es que a no ser V.
mi verdadero amigo le tendría la mayor envidia» pero siéndolo como
lo es me sirve aun de mas gloria que si yo mismo tuviera igual
capacidad» la que solo deseo exista en V. y en mi la de complacerle
como a un amigo realmente verdadero..."
Diciembre 23:
"Doy a V. la enhorabuena de su nuevo empleo, y acepto desde
ya su protección para cuando lo hagan Virrey que según va no pa¬
sará mucho tiempo. Pero ayl amigo» esos empleos de poco le sirven
y poco puede esperar de ellos...”
De lo transcripto y a falta de informaciones más precisas sobre
don Ramón Manuel de Pazos, ha de iníerirse que este era hombre
criterioso» y culto y probo; capaz de erigirse, por tanto, en el testigo
abonado que exigían las ocurrencias de aquellos días conlusos.
Cedámosle la palabra:
Sr. D. Francisco Juanicó Buenos Aires, 26 de mayo de 1810
Querido amigo; Las últimas noticias de Bspaña han producido
un electo terrible. Yo creí (y otros) que para la continuación de
la aaual Guerra en la Península no nos era mas interesante la parte
S. de hspana que la N. pero he visto lo contrario pues cuando los
enemigos se han apoderado de ésta» justamente no se creyó la ¿spaña
perdida, y cuando han ocupado aquella aunque con menos tuerza
respecto de su extensión se cree todo perdido y produjo los electos
que V. verá, hi Domingo lúe una Diputación del Cabildo a mani-
festar al Virrey que el Pueblo estaba en termentación y que habiendo
cesado la junta Central y no reconociendo legitimo el nombramiento
del Consejo de Regencia que aquélla hizo a electo del tumulto de
Sevilla debía S. £. renunciar al mando: La la misma noene llamó
S. R los Comandantes y todos le dijeron que no podían sostenerlo,
a pesar de haberlo olrecido y aún jurado. Jbi lunes por la mañana
le pasó el Cabildo de olido la misma notida al Virrey pidiéndole
permiso para celebrar un Cabildo abierto, la que concedió diciendo
que estaba pronto a abdicar con las protestas correspondientes, lo que
le aprobó el acuerdo.
X.a tarde del lunes se convocó el Pueblo por esquelas para la
mañana del siguiente día y esta convocadón se hizo de toda clase
de sujetos, dejando el mayor numero de los pudientes y condecorados
y llamando el mayor numero de los hijos del País y entre ellos
muchos hijos de lamiiia inhabilitados de votar en estas circunstan¬
cias. A pesar de esto y de que la votación se hizo pública contra
la opinión de muchos, el Virrey tuvo un gran número de votos pero
venció la pluralidad en cosa de lÜO y más votos para que el Virrey
abdicase en el Cabildo y que éste nombrase el Gobierno que hallase
conveniente.
La mañana del miércoles se concluyó del todo esta votación y
el Cabildo nombró por Virrey al mismo asociado del Alcalde de
primer voto y del bindico para que los tres reunidos ejerciesn la
misma autoridad que antes él solo; admitió el Virrey, pero no se
conformó el Pueblo y la noche del miércoles se procedió a elegir
una Junta Provisional de que era Presidente el Virrey y Vocales D.
Cornelio Saavedra, Dr. Casteili, Dr. Sola y D. José Santos Inchau-
rregui, cuya Junta juró la tarde del miércoles en el Cabildo y se
anunció por Bando con general aplauso» habiendo merecido el Virrey
que en el acto del Juramento en el Cabildo, el Síndico le hubiere
arengado en nombre del Pueblo por su anterior gobierno y por las
felicidades que se prometía de su prudencia y en el nuevo: maní-
98
festándose también un plan de gobierno casi igual al que V. verá
en el adjunto impreso.
La noche del Jueves, el Dr. Chiclana se presentó al Cabildo
diciendo que al pueblo no le acomodaba que el Virrey quedase
bajo ningún aspeao, y habiéndole dicho el Síndico que el Pueblo
había depositado su autoridad en el Cabildo y éste obrado en virtud
de ella, que se fuese arrestado por impostor, y habiendo ido a su
Cuartel promovió la Representación de que habla el impreso la cual
fue firmada por los que ellos quisieron, y resultó la nueva Junta
que desde ayer hasta esta hora ignoro haya tenido novedad.
Me aseguran que anoche hubo otra Representación en los mis-
mos términos pidiendo se mude la Audiencia y algunos empleados
y hasta ahora nada sé.
La mañana del lunes French, Beruti, (Oficiales de las Cajas)
y un Arsac que no es nada, fueron a la Plaza como representantes
del Pueblo, y repartieron retratos de Fernando VII y unas cintas
blancas que la tropa (esto es los oficiales) traían en el Sombrero
y otros atadas en los ojales de la casaca que decían significaba la
unión de Europeos y Patricios, pero yo a ningún Europeo la he
visto, y ayer ya había una cinta roja encima que me dicen que
significa Guerra, y la blanca Paz para que se escoja.
Durante la Junta esto es el martes y el miércoles no estuvo
la tropa en la Plaza porque llovía pero estuvieron las Compañías
de Granaderos impidiendo la entrada al que no llevase esquela de
convite excepto a las 3 representantes y los que los acompañaban.
Beláustegui, Neira y Reináis votaron porque no se innovase, y
el primero añadió que faltaban por su cuenta más de 300 vecinos
de los más condecorados y pudientes a quienes debía oírse. Alzaga
no quiso asistir por estar arrestado aunque los Patricios lo fueron
a convidar.
Por lo que hace a razones, (a pesar de que yo no estuve ni
fui convidado) me han asegurado muchos que lo entienden que
todos los Abogados que hablaron no pudieron rebatir las del Fiscal
Villota respecto a que no se innovase, y que dicen que nadie pudo
hablar mejor.
Mi opinión es la misma, aunque no me aparto de que para
mayor tranquilidad convendría tuviese asociados; pero he visto des¬
pués que los Europeos vamos a pasarlo muy mal, y como los yerros
deben confesarse creo que la oposición que estas tropas hicieron el
día fue porque no había hijos del País mezclados que pudiesen
esperar mejorar de fortuna, y que ahora es a la Inversa, y que el
interés personal (no mío) dirigió estas operaciones. Azcuénaga es
el mayor enemigo que pueden tener los Europeos. Todos están tris¬
tísimos y esperan su socorro de Vds., miren bien lo que hacen,
pues yo creo que si la Sra. Carlota no viene luego, esto tendrá malas
consecuencias. Yo estoy en el día a los míos (con razón o sin ella
dice el refrán), pero en mí no es sin razón, pues antes y ahora la
tuve, y sigo lo que me convence: No creo que las Provincias del
Perú se sujeten ni parece que a Vds. quieren darles voto.
No hubo ninguna desgracia porque no hubo oposición lo que
me aseguran proviene de que los Europeos fueron engañados y no
lo creo; ya conozco todo el terreno, y siento lo que va a suceder.
Yo soy uno que no me cambio por ninguno de los que han dirigido
la tortilla: quizá vaya a vivir entre Vds. pues sí se pide juramento
no lo presto.
Esto es hablar francamente lo que siento que cuando es libre
el obrar no puede ser coartado el juzgar.
Al que suscribe a continuación de la de Vd. que tenga esta por
suya, y que crea que ya soy otro del que él se figuraba, pues hasta
aquí no llegan las chanzas.
Es y será siempre de Vd. afmo.
El expediente está como estaba”.
Para apreciar bien las novedades que pueda ofrecer esta relación
de los sucesos de Mayo hecha por un probo testigo presencial de ellos,
sería menester confrontarla meditadamente con las muchas similares
ya conocidas.
Razones de urgencia vinculadas a la publicación de esta ’'Crónica”,
imponen la postergación de tal cotejo, cuyas resultancias se agregarán
en el final de ella y entre los varios apéndices ilustrativos.
99
Capítulo XXIV
En los prolegérnenos de la
“Guerra Grande”
Me es difícil determinar claramente si don Francisco Juanicó tuvo
intervención nueva dentro de la cosa pública y cuándo cesó en los
cargos de Presidente de la Junta Económico-Administrad va y de miem¬
bro de la Comisión Consultiva Nacional; ambos ya referenciados.
Sábese que es hombre, dotado de las cualidades necesarias para
cumplir con honra compromisos de tal linaje, procuraba, generalmente,
rehuirlos, pues prefería consagrarse a otros de carácter privado aun¬
que, en muchos casos, vinculados al interés general. Estaba, ello, en su
idiosincracia.
Así, durante un período que se prolonga más allá de la década
y que finaliza conjuntamente con la existencia de aquél, mis informa¬
ciones ai respecto son escasas: sea, esto, porque la discreta figuración
de mi biografiado hubiese llegado al término natural, sea debido a
mi propia inconstancia para la ardua tarea de seguir hurgando archivos
y bibliotecas, manuscritos e impresos.
No me ayudan, en la ocasión, mis papeles personales: pocos y
nimios: tal o cual nota como la firmada por el Jefe Político de la
capital don Jaime Illa y Viamonte en febrero 24 de 1837, donde se
le anuncia haber sido nombrado, con los señores Juan María Pérez,
Gabriel Pereira, Joaquín Suárez, Juan Susviela, Javier García de Zú-
ñiga, Justo Diego González, Juan Carlos Blanco y José Ramírez Pérez
*'para asegurar la introducción de frutos del país a esta plaza” desde
la campaña perturbada, otra vez, por las facciones de Rivera; o como
aquéllas mediante las cuales se le convoca por asuntos relacionados
con la Defensa, o se le agradecen las contribuciones —^múltiples y
forzadas— a los menesteres de la misma durante el sitio de casi nueve
años; o las que, procedentes del interior y dirigidas al Hervidero, eran
tan sólo, perentorias órdenes militares sobre entrega de hombres para
el servicio de las armas o de rescs para alimentar los ejércitos: notas
y cartas —estas últimas— de contenido casi siempre breve y áspero
donde se mezclan la violencia, la intriga y la calumnia, como formas
diversas de la injusticia y como agentes de daño y de exterminio.
Don Francisco, uno de los portaguiones del progreso en ésta su
patria de adopción, padecía las angustias que forman cortejo al fra¬
caso definitivo de los planes mejores y de las más grandes ilusiones.
El necesitaba abrir su alma, ante las de los amigos caros, en
efusión de protesta y de dolor.
Lo hace así, con Marcos de Sobre Monte, el hijo del ex Virrey
que, como éste, era poderdante suyo. Lo hace así, en dos momentos
distantes del largo drama:
“Agravadas mis muchas atenciones con los disgustos dimanados
del desgraciado estado en que progresivamente se va envolviendo este
país, son muy contados los instantes que tengo libres para dedicarlos
a la correspondencia exterior.
Tales perjuicios —los que padecen los Sobre Monte en sus
bienes— o atrasos deben considerarse insignificantes o nulos, com¬
parados con los reales que sufrimos los que tenemos posesiones en
la campaña, con la gente armada de ambas partes contendientes,
pues de dos años a esta parte de solo la Estancia del Hervidero al
cargo de mi hijo Carlos a más de los miles de animales vacunos
consumidos y destrozados por ambos partidos, han tomado sobre
1400 caballos mansos sin dejar ninguno para el servicio, seis es¬
clavos, muchos otros artículos, y hasta las armas que tenía para la
propia defensa, teniendo además que sufrir los mayores insultos, y
a cada momento Expuesta su vida en manos de ambos partidos; y
de otra Estancia a ocho leguas de esta plaza sobre el Canelón Chico,
a más de las pérdidas de ganado vacuno y caballos me han llevado
últimamente otros tres Esclavos y porción de peones canarios, por
100
quienes anticipé los pasajes de 100 pesos fuertes a cada uno que
debían desquitar con su trabajo, quedando abandonadas las mejores
manadas Merinas y Sajonas existentes en el país, que tengo en ambas
posesiones, cuya conservación en todos los ramos me cuesta ingentes
sumas sin haber podido usufructuar absolutamente nada de ellas de
más de dos años a esta parte, y sin ninguna esperanza de conseguir
jamás la mejor reparación de tan enormes perjuicios” (Diciémbre
18 de 1839).
”Mi hijo mayor Carlos ha tenido que abandonar la valiosa
Estancia del Hervidero, cuya administración dirigía desde el año
1836. Otro establecimiento que tengo en sociedad con los herederos
del finado Cavaillon a las inmediaciones de la Villa de Canelones,
en el cual antes de la invasión existían sobre veinte mil lanares de
raza Merina Sajona, los más. finos de este país, ha sido también
abandonado. Mi chacra del Miguelete, a una legua de esta plaza,
tengo entendido que los edificios han sufrido bastante daño ocu¬
pados por varias familias de los sitiadores, destruyendo para leña
las arboledas sin respetar los naranjos, que son los más productivos.
Aumente V. a todo esto la existencia en mi poder de más de cien
mil pesos de créditos propios y ajenos de suministros al Gobierno,
sin jamás haberme hecho la menor especulación con él, al revés de
muchos otros que con ellas se han enriquecido, y el conjunto dará
a V. una idea superficial de mi situación agravada también con los
disgustos consiguientes a verme en la necesidad por las circunstancias
(exceptuando a mi hijo Cándido que ejerce en una de las Judica¬
turas), de tener mi familia desparramada, habiéndose el mayor Car¬
los refugiado con la suya a Buenos Aires, y el menor Enrique al
Río de Janeiro al lado de su hermana Carolina esposa del Teniente
General Callado. Deseo que en ese también mar de lágrimas, con¬
siga V. ser más feliz..(Setiembre 5 de 1843).
He hablado de cartas y notas, las cuales, por ser características de
una época, por ricas en detalles pequeños o en largas sugerencias sobre
hombres y cosas, por sintomáticas del estado general de los espíritus,
merecen ser transcriptas según lo haré a continuación.
Entre las primeras, irán algunas de Carlos: el hijo perfecto, el
hombre ecuánime y pundonoroso, a través de cuya palabra firme y se¬
rena hemos de conocer, por reflejo, la del padre, quien, como en toda
oportunidad, le aconseja y señala derroteros:
Por lo que hace a la conducta circunspecta y política que desea
V. observe yo aquí en caso de realizarse los trastornos civiles que
se temen, puede estar seguro de que así lo haré, es decir, que nin¬
gún oficial o jefe de fuerza cualquiera tendrá motivo alguno justo
para quejarse de que aquí se le niega carne, u otro recurso de esta
clase siemore que lo pida sin hacer violencia o causar daño; pero
si por ejemplo intentase alguna gente sin autorización legal apode¬
rarse de las pocas armas que aquí tenemos y las exigiese de grado
o por fuerza, me vería obligado con tanta resolución como disgusto
a resistirme a todo trance, y en esto no haría más que consultar
precisamente los intereses bien entendidos del establecimiento, pues
las armas constituyen la verdadera securidad del [ouestol de Bella
Vista y de este punto, siendo muy oportuno advertir que por estos
destinos no hay más derecho oue el de la fuerza, y que por consi¬
guiente la circunspección, política ni nada nos podría librar de un
saqueo y de todas sus consecuencias, desde el momento en que se
nos viese privados de nuestro único medio de defensa, por más que
no diésemos el más mínimo motivo para ello: bien entendido que
antes de llevar a este extremo observaremos el mejor modo y aten¬
ción con todos en cuanto sea conciliable con las precauciones que
requiera nuestra seguridad”. (Hervidero. 20 de octubre de 1837).
”E1 21 del corriente llegó a esta Casa Don Lorenzo Flores
conduciendo un pliego de don Frutos (Fructuoso Rivera] datado
frente a Paysandú el 16, de que incluyo copia, ordenándome la en¬
trega de todo el armamento y municiones, todos los esclavos con
excepción de cuatro, todos los peones y todos los caballos dejando
sólo veinte: esta orden venía apoyada por 100 hombres al mando
del Teniente Coronel Méndez y otros oficiales. Inútil es relatar a
V. los pormenores desagradables a que ha dado mérito tan escan¬
daloso avance a la propiedad, pues solo el temor de comprometerla
toda me ha hecho sufrir esta vejación, sin quedarme otro recurso
que minorarla todo lo posible a fuerza de ruegos y persuasión, con-
101
siguiendo en su virtud no entregar más negros que los mencionados
en el recibo cuya propia incluyo, aunque son los más sanos y me¬
jores que había en el Establecimiento, advirtiendo que los dos últimos
no son esclavos; antes de ayer concluyó aquí esta larga e insufrible
ocurrencia asegurándome el tal Flores, después de otorgar recibo,
que si yo hubiera negado algunas de las cosas exigidas traía orden
terminante de usar de la fuerza llevándome a todos asegurados. Han
arreado con casi absolutamente todos los caballos y peones que que¬
daban en el establecimiento y puestos. Hoy están sacando la caba¬
llada de Bella Vista, de manera que no dejan ni mancarrones. Es
excusado decir que todas las faenas han cesado.
Campbell y varios amigos del Entrerríos me instan a que aban¬
done esto... pero no me determino a dejar el establecimiento por¬
que sé que desde el mismo instante en que lo hiciese se daría la
señal de devastación.
Ultimamente han llevado toda la peonada de las estancias,
excepto felizmente hasta ahora la poca que habían dejado en ésta
y que aún subsisten.
Los caballos que han sacado los de Don Frutos de este punto,
Bella Vista y demás puestos, son 170 y no han querido dar recibo
sino de 118. Se han llevado incluso en dicho número hasta los
redomones de la cría. Han carneado 20 vacas’*. (Hervidero. Diciem¬
bre 29 de 1837).
**Por diferentes conductas, por lo que ha asegurado el mismo
Flores durante su pasada por Bella Vista y otras Estancias inmedia¬
tas, y por los propios soldados que vinieron con el tal Méndez,
hemos sabido a no dudar lo que este Establecimiento, así como los
de Fialho, Saravia, Diano, Larrea y otros señalados por Don Frutos,
se habían dejado de exprofeso intactos al principio de su invasión
considerándolos como si fuesen del estado^ para después premiar con
sus despojos los servicios de la indiada que le es adicta: tan cierto
parece ser esto, que varios de los primeros peones de aquí, que
fueron voluntariamente con el Comandante Ñúñez y que venían
entre la gente de Flores y Méndez, habían ya trasladado las familias
que tenían en ésta al Guaviyú y otros puntos para poblar cor% las
vacas del Hervidero que Don Frutos les ha prometido, siendo lo
más singular que todos ellos venían íntima y seriamente persuadidos
de que era una cosa hecha y que así había de ser. En cuanto a
Flores, Méndez y demás oficiales puedo asegurar que traían órdenes
terminantes para arruinar enteramente el establecimiento y hacer
una vaquería formal levantando a nuestra vista y paciencia todo el
ganado y cría de Yeguas, desde el acto mismo en que hallasen la
menor resistencia mía a cumplir con la orden consabida de Don
Frutos, lo que venían casi ciertos de que sucedería, y las vacas que
no pudiesen llevar a dicho Flores en Bella Vista que las habría
vendido aunque fuese a 2 reales cada una.
Un peón de los que llevaron el día 21 y que regresó ayer nos
ha informado que Don Frutos con motivo de la aproximación del
Ejército del Gobierno había levantado el sitio de Paysandú, y con
toda su fuerza reunida que alcanzará a mil hombres y muchas chi¬
nas, quedaba acampado hace cuatro días en las puntas del Arroyo
Grande, como 45 leguas de aquí, de este lado del Río Negro. La
gente de Don Frutos va en mucho desorden llevando gran número
de Caballos y hasta muías y majadas de ovejas: todos los días con¬
ducen al Campamento un crecido número de vacas con cría sacadas
de la 1^ Estancia que se halla a mano, y las carnean con cuero
desperdiciando casi toda la carne, pues la matanza excede infinito
al consumo, y en los parajes por donde va transitando esta nube de
cosacos deja todo yermo y asolado... Llevan también bastantes ca¬
rretas con los heridos que han tenido en Paysandú, cuyo saqueo por
tres días se había ofrecido repetidas veces a la gente durante el
sitio”. (Hervidero, Enero 2 de 1838).
*’La guerra civil va tomando un carácter de barbarie descono¬
cido en las anteriores: los titulados oficiales de Don Frutos que con
sus partidas andan por este Departamento han sido en su mayor
parte ladrones y criminales famosos: la gente de uno de éstos, lla¬
mado Juan Guardia, asesinó al Teniente Enrique estanciero de Va¬
lentín, al pacífico vecino portugués Manduca en Urapirú y a otro
portugués en los Palmares, saqueando la Estancia de los Albinos.
[Posiblemente Albines, o sea familia de Albín}, en los Blanquillos;
en seguida el tal oficial hizo azotar a un cuñado de Don Angelino
González poblado en las puntas del Queguay, y estaqueó al hermano
de Don Felisberto en su Estancia del Queguay presentándose después
en el Salto, cuyos habitantes tuvieron que encerrarse 3 días en sus
casas para evitar el saqueo de que se libraron entregándole porción
de artículos que exigió: entonces se puso en marcha con 65 facinc-
rosos muy bien armados para este Establecimiento donde dijo pú¬
blicamente que no dejaría ni los postes, pues venía a llevarse todo
lo que valiese algo y las personas; pero el día 29 del pasado, en
cuya mañana se presentó aquí formado en batalla, nos halló tan
bien preparados que no se atrevió a pedirnos nada: con las precau¬
ciones consiguientes se abrió el portón para que entrase él y otro
oficial que lo acompañaba, y mientras duraba esta entrevista tomaron
su# soldados posesión de la Balandrita. Después de su salida de aquí,
Juan Guardia ha arrancado y llevado de sus casas a todos los Es¬
tancieros de su tránsito y entre otros a Don Manuel Mandía del
Paraíso, a los hermanos Don Rafael y Don Miguel Correa del
Quebracho, a Morales del Guaviyú, a Barnochea y su hijo también
de Guaviyú, y al Capataz de Don Miguel Sorondo en Chapicuy,
continuando sus correrías entre Arroyo Malo y Guaviyú con 120
hombres que tiene ya. Por otra parte una fuerza de Paysandú ha
tomado posesión del Salto en estos días, de manera que estamos en
continua vigilancia”. (Hervidero, Febrero 8 de 1838).
"Somos a 14 dicho Campo del Yerúa frente al Hervidero.
Por el paraje de donde va datada la presente y vendrá V. en
conocimiento de que los desórdenes de la guerra civil en el Depar¬
tamento de Paysandú han llegado al extremo, haciendo a más de
muy arriesgada inútil la continuación de nuestra residencia en k
Estancia por ahora. El 10 del corriente pasó de retirada para Sandii
Ja guarnición del Salto, por la que supimos que toda aquella po¬
blación había pasado al Entrerríos, que Don Frutos desde los subur¬
bios de ésa había logrado engañar nuevamente al Ejército y a
marchas forzadas venía otra vez sobre Sandú habiendo ya pasado :i
este lado del Río Negro: el mismo Don Frutos en el acto de mar¬
char últimamente hacia esa Capital ofició al Mayor Goyeneche que
ocupaba el Salto ordenándole que en virtud de que yo no había
querido obedecer a la letra la orden para la entrega de los Esclavos,
armas, etc., viniese a hacerle efectiva a todo trance; pero Goyeneche,
que es el mismo joven vazco que recomendé a Canto y Velázquez
desde ésa, y que adelantó bastante en esta colocación, contestó a
Don Frutos que debía favores a los del Hervidero, y que por con¬
siguiente no podía encargarse de una comisión tan odiosa. Todo
esto sabíamos; pero como teníamos suficientes elementos, apurados
que fuesen los de la política, para hacernos respetar de las partidas
sueltas, estábamos muy tranquilos aunque con vigilancia, en la es¬
peranza de que Don Frutos no regresaría hacia estos lados. Se frustró
esta esperanza, y teniendo ahora el cabecilla Juan Guardia un apoyo
poderoso para continuar en la perpetración de sus crímenes (de los
que tiene V. un bosquejo muy superficial en la que precede fecha
8 del corriente) me he visto obligado a trasladarme a esta costa
con 58 personas entre familia, dependientes, esclavos, capataces,
peones, etc., después de haber puesto en salvo también todos los
efectos de la tienda, todos los artículos portátiles de algún valor, y
el armamento sin por esto dejar abandonado el establecimiento pues
el suegro de Rivero ha quedado en Bella Vista y el Capataz Obelar
ocupa el edificio del Hervidero con dos ó tres familias de confianza.
Debo a Mr. Campbell las mayores atenciones pues desde antes que
yo pensase en la traslación me ha ofertado constantemente su Casa
y servicios con el empeño más amistoso y sin restricción alguna; pero
por ahora a lo menos me interesa mucho no separarme un instante
de la costa para ver todo lo que pasa en la Estancia y poder tomar
las medidas que las circunstancias permitan, a cuyo efecto hoy hemos
concluido de levantar unas barracas donde nos hemos acampado, es¬
tando en constante comunicación con Obelar. Ayer estuvo Mn Camp¬
bell (a pesar de hallarse enfermo) a visitarme con su esposa y fa¬
milia. Estimaré que V. en justicia le dirija algunos renglones de
agradecimiento”.
El padre, al leer, en Montevideo, los relatos que Carlos le envía,
teme que haya éste recogido, ingenuamente, con la verdad, algunas
versiones antojadizas. Por tanto, no halla muy justificado la expatria¬
ción del hijo.
El cual replica, con altivez respetuosa:
”No esperaba yo que los riesgos temidos por mí a la aproxima¬
ción del mismo Jefe fuesen considerados por V. como exagerados;
103
he participado a V. algunos de los infinitos desórdenes de nuestro
departamento sin exagerar la menor cosa, pues que he callado mu¬
cho por creer innecesario su relato. En el conflicto que me puso la
gravedad y complicación de circunstancias estaba íntimamente conven¬
cido de que había obrado muy bien poniendo en salvo todo aquello
de que fuese capaz de tentar inmediatamente la codicia de una gente
que se halla falta de todo, asistiéndome la persuasión de que no co¬
rrería mayor riesgo el ganado, ya que porque no he dado la más
mínima causa a los de la revolución para que me hostilicen (pues que
han sido bien recibidos siempre y les he dado cuanto me han pedido,
sin contar con toda la peonada que han llevado cuando ni un solo
hombre hemos entregado al gobierno sin embargo de sus continuas
exigencias al efecto), y ya también porque lejos de juntarme con los
demás emigrados, he hecho visiblemente peculiares las circunstancias
de mi traslación acampándome en este punto aislado, evitando así
toda especie de compromiso, y manteniendo, a despecho de mil di¬
ficultades, la comunicación y dirección del establecimiento, cosa única
entre los emigrados.
Aseguro a V. que, al día de hoy no sabe uno a veces de qué
manera proceder, pues por todas partes no se ven más que riesgos.
Pero sea de esto lo que fuere, desde que por el contenido de las apre¬
ciadas de V. he visto que no obstante los expresados antecedentes
desea nuestro regreso a la Estancia, agregándose la probabilidad de
que el bloqueo de los franceses pueda hacer muy crítica nuestra si¬
tuación aquí, estoy trabajando para que se me permita volver; hasta
ahora mis infinitas instancias con el Comandante sólo han producido
la oferta de que haría por su parte el mayor emoeño con el General
Urquiza acompañándole una carta que le escribí de que le adjunto
copia y en la que he debido corroborar los recelos que V. me indica
para poderle hacer más fuerza, y estoy aguardando la contestación
del Arroyo de la China adonde se halla dicho Jefe.
El 27 del pasado supimos con certeza que muy inmediato a este
üunto cruzaban dos canoas grandes venidas de Misiones con 24 hom¬
bres bien armados al mando de un tal Víaor (pirata francés) ...
Respecto al catiro que se sirve V. hacerme sobre opinión, debo decir
que nunca be dicho la mía a los que han venido o oasado t>or el
. establecimiento, ni he manifestado una parte de la indicnación que
me han causado los desórdenes y los ataques a la propiedad: deseo el
bien y la tranquilidad del país, y esto es lo único que puede V.
haber notado en mis cartas si las lee con imparcialidad. Los mismos
disturbadores no pueden razonablemente esperar otra cosa del que
quiere trabajar honradamente.. . Sin embargo como podría atribuirse
mi ausencia a solo recelo personal, aseguro a V. que una vez regresado
a la Estancia, lo que espero será pronto, no volveré a ausentarme
aunque todo se vuelva un infierno”, (3 de mayo de 1838).
Carlos, que, según lo deja ver esta nerviosa frase terminal, se
sentía alcanzado en su amor propio por los reparos paternos, se dis¬
pone a regresar a la patria cueste lo que cueste, o sea "a pesar de
haberse renovado con el mavor rigor la orden de incomunicación”
según asevera en Mavo 23 y lo reitera 24 horas más tarde; ”hoy ha
llegado a hacerse carí>o de esta guardia” la del Paso del Hervidero,
costa argentina ”un Capitán con orden muy severa para cortar toda
comunicación”.
Juan Pedro L^nhaille —^su canataz, culto amigo y compañero de
emigración— le había escrito, el 22, desde la estancia de Mr. Camp¬
bell, una carta de la cual extraigo estos párrafos significativos:
”Muv m^Us noticias be adquirido aoní; Mr. W’ilson, de regreso
de la Concordia, adonde fue a visitar al Comandanta* instmvó a Mr.
CamnbMI de todas las órdenes que habíamos recibido transmitidas
por dicho Tefe, v añade que todos estos trastornos se nos siguen
porque somos reputados por los del Gobierno como anarquista. La
única prueba que dan en la Concordia es que h<*mos empleado colo¬
rados para la marcación. Mr. Camobell me ha dicho confidencialmen¬
te que desde setiembre está avisado por nn amigo para que no entre¬
tuviese correspondencia con V. porque pertenecía al partido anárquico.
;Sabe V. que estamos bonitos. Esto sí que se llama estar entre dos
fuegos, y malos auspicios son éstos para obtener un buen resultado
en la reclamación de los cabí«llos. Según lo que me dicen tendré que
ir del paso al Arrovo de la China a sacar permiso para pasar a Pav-
sandú, lo que hará mi regreso más tardío de lo que había anticipado”.
104
Párrafos, éstos, que Carlos comenta con clara alusión a uno de
ios alzamientos aei lavallcjismo contra iUvera:
"Los Jefes y oficiales que ahora mandan en Paysandu son pre¬
cisamente ios mismos que encaDezanuo una revomciou no nace mucno
uempo, ñauaron en ei estaDiecimienio üei Jb.erviaero un loco ae Opo¬
sición tan ericaz y deciaiaa, que de sus empieaaos y peones cum-
pAetaiiicnie amiauos y moacauos les nicieron la guerra en luaa rorma,
y como anora ven que en la época actuar ei nusnio esiaDiecimienco
no na querido dar xa cara, y se na conservado en la esfera de su na¬
turaleza ucr^auuuse a cooperar en ningún sentiao, lejos ae creer que
nos manieuenios neutrales nos atriouyen relaciones y aun cooperación
con los uei presente levantamiento, proceuienuo ae esto la uescou-
fianza y ouiusiuad que nos tienen, soore lo que no nay la menor
duda, y esto servirá a corroborar fo que fie indicado en mis ante¬
riores, es uecir, que son tan endiabladas las circunstancias actuales que
no pueue uno uiri^ir la vista o ei paso nacía aonae no pueae V. ll¬
amarse m yo explícanos, porque serian precisas resmas ae papel,
espíritu tranquilo y tiempo ae suora que no ten^o ".
Pues bien: esos "jefes y oficiales que ahora mandan en Paisandú"
son ios propios notables exaltados" que urdieron la intriga contra
juanico ai denunciarlo falsamente como "anarquista".
Ante Situación can embarazosa para su conciencia de hombre recto
y tan pcrjuaiciai para ios mcercses que representaba, ei calumniado
supo dcienaerse con lealtad, energía y cultura. Lo hizo directamente y,
también, por interpuesta persona.
La mayor ae las inriacacioi a que acudió fue ia dei General Oribe:
todavía h'residente de la flepublica.
Contemporáneamente, el padre ocurrió, también, a la probada
obsequiosidad de don Lomas Manuel de Ancfiorena, con quien estaba
habituado a intercambiar favores caballerescos; y ei cual, desde la pri¬
vilegiada posición que ocupaba en ei país frontero, sabría descubrir
ei camino del éxito.
hl conspicuo señor bonaerense estudió, con afectuosa solicitud,
el caso que fe planteaba ei amigo montevideano, y escribió sobre él
al gobernante de su patria.
Y, sobreponiéndose a la dificultad que le oponían los padeci¬
mientos físicos, tomo, por propia mano, copia de la extensa carta y
la envío como obsequio al solicitante afligido.
No sé cuál fue el resultado de tan varias gestiones, aunque, sí,
que Carlos retornó al Hervidero, aunque, en verdad, subrepticiamente.
Acaso ia acción benéfica de lo obrado se haya dejado sentir con ulte-
rioridad, en cuanto a que se le permitió permanecer alli y ejercer la
posible vigilancia, ya que no es dado imaginar que haya logrado con¬
traerse a actividades mayormente útiles.
Pero los golpes y las amenazas llegaban desde todas las orienta¬
ciones. Prueba de ello proporciona la correspondencia particular, de la
que extraeré un párrafo tan sólo, para cerrar este capitulo. Lo hallo
en una hoja que, aún cuando no tiene fecha, la lleva implícita en las
referencias a sucesos de orden público allí contenidas. De acuerdo
con ellas, pues, esa fecha sería posterior a octubre de 1838 ("sé que
han reforzado el sitio de esa Capital’'):
"El mismo Allende, que es Riberista y ha estado algún tiempo
en el Campamento me dice que hablando en el Cuartel sobre el par¬
tido de Don Erutos en Montevideo, varios aseguraron "que" V. y
toda la familia se habían pronunciado fuertemente adictos a su par¬
tido, a lo que contestó dicho Jefe en los términos que dicen usa
desde la batalla dei Palmar, es decir, que nada importaba, que él no
era ya $1 hombre de las consideraciones que antes, que sus únicos
amigos eran los que habían estado a su lado en las acciones, y que
con tas iortunas de todos los demás serian premiados sus oficiales
generosamente; ignoro lo que puede importar este aviso: peto se lo
comunico a V. para su gobierno".
105
Capítulo XXV
A través de la “Guerra
Grande” - Rompimiento entre
Rivera y los Juanicó
La sinceridad señoreaba, sin desfallecimiento, en el carácter de
Carlos.
El había prometido al padre permanecer extraño al pleito de
ambiciones y de derechos, de intereses y de pasiones que conturbaba
a la sociedad entera. Y lo cumplió, según cuadraba a su honradez y
a su lealtad.
Ello, pese a las razones que hubo para aproximarlo al jefe de
una de las parcialidades en pugna: don Manuel Oribe. Una ya exis¬
tente razón de familia: la de haberse desposado, él, con doña Antonia
de Viana. Otras vendrían después, con el correr de los años. [.. .}
Si ya, entonces, Carlos tenía preferencias sentimentales, sabía aca¬
llarlas en lo íntimo del ser. La copiosa correspondencia que ese hom¬
bre joven mantenía, desde las costas del Uruguay, con el padre —
en la que aquél exponía la totalidad del pensamiento y refería inge¬
nuamente hasta las acciones menudas, y éste contestaba reiterando con¬
sejos de abstención y de imparcialidad— es concluyente al respecto.
Y a ello fue debido el que don Francisco pudiera esgrimir, año y
medio más tarde, esas mismas cartas como pruebas de descargo ante
el propio General Rivera.
En el capítulo anterior intenté dar, mediante el auxilio de viejos
papeles —notas y cartas— una impresión más o menos clara de las
zozobras, las penurias y los daños padecidos, en el año 1838, por las
personas v las cosas del Hervidero.
No menos rico en infortunios fue el año 1839 para el estable¬
cimiento, para su propietario y para su administrador.
Violencias y depredaciones eran incesantemente cometidas contra
éste y contra los bienes de que él se había constituido en fiel guar¬
dador; lo eran no tan sólo por obra de militares que solían proceder
según la ley del capricho, sino por la de funcionarios civiles en abu¬
sivo desempeño de sus atribuciones, y, a veces, a guisa de pura ma¬
lignidad.
Tales anomalías han de ser consideradas, justo es decirlo, como
repercusiones fatales de los graves acontecimientos que convulsionaban
a la informe agrupación social de la época: los alzamientos de Rivera
contra los poderes legales y, én particular, la revolución de octubre del
37; la renuncia de don Manuel Oribe (octubre 23 de 1838); el
derrocamiento de la Asamblea Legislativa por aquel General y la asun¬
ción, por éste mismo, del gobierno de facto (noviembre 11); la ins¬
talación de una nueva Asamblea Legislativa en tiempos de inmensa
conmoción pública, y la elección de don Fructuoso Rivera como tercer
Presidente de la República (1^ de marzo de 1839); la invasión de
Echagüe (julio 28) y vencimiento del mismo, en Cagancha, por el
propio Rivera (diciembre 29).
Mientras el año finaliza, los subalternos que el nuevo gobernante
ha destacado en el litoral Norte del Uruguay se extreman en diligencia
para evitar nuevas incorporaciones a las huestes del adversario. [.. .)
Carlos se contó desde el primer momento, entre los sometidos a es¬
pionaje y entre los denunciados sin razón valedera; y lo habrían re¬
mitido, como lo hicieron con otros, si no hubiese logrado evitar tal
tropelía merced a la mediación salvadora de quien conocía la limpieza
de su conducta y era. ella misma, persona influyente en la política
local, r. ..]
10(5
Intranquilo, a pesar de la apariencia en contrario, Carlos ha huido
nuevamente ante una presumible añagaza del Tte, Cnel. Read, uno
de los tantos aventureros exóticos que lograron medrar en la época;
quien, a las instancias conciliadoras de don Pablo Nin, amigo de los
Juanicó y bien mirado por el pintoresco intruso, contesta dulzona¬
mente, desde Belén, a 19 de diciembre Este, por olvido tal vez,
omite decir que había dictado orden de prisión contra quien^ aún
cuando con ello se privara de los halagos del cariño, prefirió tomar
las de Villadiego y poner pies en polvorosa.
Los cuales pies le llevaron, de nuevo, a la costa argentina, o sea
a la casa rural de Mr. Campbell, quien le dio, otra vez, hospedaje
afectuoso.
Don Francisco, alarmado por la suerte del hijo distante y, en el
deseo de obtener amparo para éste, lo requiere de quien manda ahora
sin restricciones y es su amigo desde antigua data. (Y el propio don
Francisco lo relata a Su hija casada con el Mariscal Callado residente
en Río de Janeiro, en carta del 7 de marzo de 1840]:
Luego de referir, lo que antecede, agrega:
"Para mejor inteligencia tuya debo aquí hacer la siguiente di¬
gresión: a la reunión de actual legislatura de haber Oribe cedido su
puesto, fue Cándido elegido para Diputado ce la Sala de Represen¬
tantes, cuyo puesto renunció alegando que. además de no tener to¬
davía i 2 edad prevenida por la Constitución, se ie cortaría su ca¬
rrera interrumpiendo sus estudies, y aunque no tomé parte en tal
asunto ie aconsejé se empeñase con el Sr. Gral. Pvivera como hizo
y, sin manifestar el menor disgusto le contestó que de ningún modo
quería mezclarse en contrariar la libre elección de los pueblos, pero
consideradas justas por la Sala las razones en que Cándido fundaba
la renuncia la admitieron".
El señor Tuanicó continúa:
"Después de esto, estando yo enfermo en cama, fue que recibí
la Ira. comunicación de Carlos sobre las injustas prevenciones del
Cte. Núñez contra él, y me apresuré a enviar a Cándido al Sr. Rivera
en solicitud de una recomendación para dicho Jefe a favor de Carlos,
cabalmente en la noche en que se preparaba para salir; al día si¬
guiente, a campaña por causa de los primeros rumores que se divul¬
garon de una próxima invasión, con cuyo pretexto se excusó de dar¬
la, alegando que pronto se hallaría en aquellas inmediaciones y seria
protegido Carlos; no satisfaciéndome esta contestación y habiendo sa¬
lido muy temprano, al día siguiente mandé nuevamente a Cándido
para que lo alcanzase en su chacra, donde renovada mi solicitud ac¬
cedió a ella dándole la recomendación para el comandante Núñez,
sin manifestar el menor resentimiento a Cándido en dichas ocasio¬
nes, como en otras en que fue de mi parte a hablarle cuando re¬
gresó, después de electo ya Presidente, ni en el Baile que con tan
plausible motivo dio su Sra, y a que asistió, como tampoco haberme
hecho ninguna indicación a tal respecto en varias veces que me habló
y ocupó sobre asuntos de su interés bastante serios, de modo que era
imposible poder creer o adivinar que lo tuviese o conservase".
La recomendación del Presidente para el Coronel don Angel Nú¬
ñez no produjo el inmediato efecto que se esperaba. La soldadesca
volvía a manifestarse agresiva y codiciosa contra el personal y las ga¬
naderías del Hervidero; cuyo Administrador, en tal emergencia, reno¬
vaba el pedido de amparo,
Juanicó, en cuanto lo recibe, quiere dar traslado de él al gober¬
nante, pero, como éste ha transferido su Cuartel General a la villa
del Durazno, comisiona, para ello, al segundo de sus hijos varones,
Cándido, a quien provee de documentos oportunos, entre los cuales
incluye —como antecedente tranquilizador— la aludida copia textual
ce la correspondencia intercambiada con Carlos.
Sobre recia cabalgadura, el comisionado se pone en marcha el
29 de enero, y lleva [una carta de su padre] a modo de credencial.
Cándido habló, pues, con el nuevo Presidente, cuatro días más
arde y, sin demora, acogido tal vez, durante minutos, bajo el amparo
ir algún mal mesón de camino —una de nuestras ‘‘pulperías"—, con-
107
signó, con premura, las incidencias principales de la conversación en
esta misiva que ofrece caracteres de acta:
' Campamento en el paso del Durazno
Febrero 2 de 1840
Querido padre:
Esta mañana temprano he llegado al Durazno, y recién a las
once he conseguido hablar con el presidente. Me ha recibido con
frialdad; ha leído la carta de V., y luego me ha dicho con tono sig¬
nificativo: "Ayer he recibido parte de Núñez, en que me avisa la pri¬
sión de su hermano”.
—^Me da V. E. una noticia que siento muchísimo.
—^No hay por qué y no lo creo... Vd, no siente nada, por¬
que Vd. ha manifestado no sentir la patria.
—^V. E. me supone incapaz de los sentimientos más naturales y
comunes en los hombres... Pero no quiero abusar del tiempo de
V. E.: espero llegará el día en que pueda manifestar no ser indigno
del aprecio de los hombres más patriotas.
—^Esas son palabras, y yo quiero hechos. Ninguno de Vds. ha
hecho jamás nada por la patria, sino es ganar plata. Yo quise hacer
más por Vd. que lo que merecía, y Vd. me ha desairado. Extraño
muchísimo que su padre haya cometido la imprudencia, y que Vd,
ha tenido el atrevimiento de venir a mi presencia.
—^Perdóneme V.E. le diga que me trata con mucha injusticia:
V.E, que sabe usar de tantas consideraciones aún con sus enemigos
más encarnizados... Permítame V. E. que le hable de mi hermano,
de mi padre, no de mí mismo...
—^Yo le permito a Vd. que se vaya de aquí, y nada más...
Todo esto ha sido dicho con la mayor tranquilidad. En se¬
guida se levantó el Presidente, y me abrió la puerta. Quise hablar,
pero me hizo seña que saliese, y se retiró.
Dos horas han pasado después de este diálogo: y he resucito
reunirme con mis compañeros, que se hallan al otro lado del paso,
y continuar esta misma noche para el Hervidero. El tono y circuns¬
tancias de la entrevista que he tenido son de un carácter que no mc-
dejan lugar a la pequeña esperanza; y mi presencia en la localidad
puede ser en alguna manera útil, desde que Oírlos, el pobre Carlos,
se halla actualmente preso.
Nada más tengo lugar de decir; sólo sí suplico a Vd, mire esta
nueva desgracia con entereza, y mire cualquier pérdida en la fortuna
con el desprecio que ella merece. Por ahora la persona de Carlos es
lo que únicamente ocupa a su afmo. hijo Q.B.S.M.
Cándido”.
La actitud de Cándido ante la intemperante arrogancia de su in¬
terlocutor, resulta tímida y floja para el criterio exigente de un obser¬
vador lejano de los sucesos. Ese observador habría querido hallar, por
parte de aquél, una reacción altiva frente a las apreciaciones injuriosas
y a la incivilidad del jefe ensoberbecido; a quien, contrariamente, él
trata con estudiada amabilidad.
Sin embargo, razón había para semejante tolerancia. Al proceder
así y así expresarse, Cándido velaba por conservar la propia y necesaria
libertad, y, ante todo, por obtener la de su hermano; así como tam¬
bién, por disipar la amenaza de total destrucción que se cernía sobre
el Hervidero.
Por lo demás, el tono sereno del relato no corresponde, eviden¬
temente, a la violencia de la situación descrita. Pero ello encuentra,
asimismo, explicación en el constante propósito de tranquilizar al
angustiado padre. Más adelante, no se cuidará de ficciones y, al re¬
memorar la escena, en cartas ulteriores, le dará el calificativo de
"amarguísima”.
Parece que al señor General no le hubieran resultado suficientes
los procedimientos y las palabras de que usó para con el misionero,
pues, corridos cinco días, quiso dar contestación directa a la carta traída
por éste, y lo hizo en términos cargados de rencor.
La historia de un hogar patricio montevideano, a
través de la vida de Francisco Juanicó y de sus
hijos Carlos y Cándido, desde la Colonia a la
Guerra Grande, contada por un descendiente
inmerso en el mundo cultural de sus mayores.
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Impreso en Uruguay en Impresora Uruguaya Colombino S. A.,
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Setiembre de 19ó8. I
URUGUAYA